Las navidades son un auténtico maratón de celebraciones, saturación de festejos (paganos la mayoría) excesos gastronómicos y sobredosis de familia, niños, amigos, conocidos y desconocidos que por fin finalizaron ayer, día de Reyes.
Haciendo repaso y ordenando fotos de estas fechas entrañables, desde la tranquilidad e intimidad de mi estudio y en plena resaca, me quedo con el momento ilustrado con estas tres imágenes, las de Melchor, Gaspar y Baltasar en el Würth, durante una intervención artística organizada por el museo para formar junto a otros magos una instalación.
Y me quedo con él por tres razones. La primera obvia, eran nuestros reyecitos. La segunda porque el Würth, aunque en un principio pensé que iba a ser más creativo el taller, sin caer en tópicos navideños, se enrrolló muy bien con la actividad generando un excepcional momento de trabajo y pequeña reflexión, dotando de medios a los pequeños y muy entusiastamente llevado por las tres chicas würthianas, Carmen, Evelin (perdón si no se escribe así) y Eva. Y la tercera, que nos lo pasamos tan bien, que vuelvo a creer en los Reyes Magos.


En la segunda instantánea se aprecia su capacidad de concentración en el solo que se marcó con su Hammond en el famoso blues Sacramentarium Leonianum durante su concierto en la basílica que lleva su nombre Santa Cecilia in Trastévere sobre el mismísimo río Tíber, curando la ceguera de los romanos allí presentes, gracias a la poesía de su música.
Bien, pues toda esta intro sirve para fijarnos en la arquitectura que acompaña ambas escenas de las instantáneas (ya sé que no se ve un carajo, pero me entendéis perfectamente) y compararlas con las de esta actuación que la Big Band Piccolo realizó por San Juan de un año de éstos, en los adelaños de la calle del Santo recién citado.
Como fondo de una buena (o incluso mala) música no puede aceptarse semejante arquitectura. Ya sabéis, se trata de la plaza del arbolito (la primera foto se donó al 

¡Ver para creer!
